Día 2: Lista de cotejo

 En el tiempo que llevo inmerso en el mundo de la docencia, la decisión de decidir el cómo de la evaluación ha sido uno de los momentos más difíciles de afrontar. Como expliqué en la entrada anterior, siempre tuve problemas al momento de enfrentarme a cualquier tipo de instrumento de evaluación. Por ende, siendo quién tiene en sus manos la elección resultó una encrucijada igual de compleja -de inicio-.

Al irme despojando de varios prejuicios que tuve arraigados en mi chip de estudiante, a la par que comenzaba a informarme y cultivarme de a poco de los conceptos básicos de pedagogía, fui familiarizándome como lo que ahora conozco como instrumentos de evaluación. Por supuesto que antes había escuchado la palabra rúbrica o había trabajado con alguna escala de Likert. No obstante, desde la inocencia o ignorancia de ser estudiante y centrarme casi siempre en el número final, poco importancia les di en su momento. Ya con la responsabilidad de evaluar a un grupo de treinta y tantas personas y mi creciente necesidad de aprender a enseñar fue que me topé gratamente con el instrumento que da nombre a esta entrada de diario.

Fue precisamente durante este semestre que pude experimentar en carne propia las bondades de un invento tan práctico. Usualmente, hago uso de las rúbricas porque me parece que la lógica bajo la que operan facilita mucho que los estudiantes comprendan  cuales fueron sus alcances de aprendizaje. Todo sin confusiones ni necesidad de aclaraciones extra. No obstante, en esta primera experiencia formando parte del Taller de Síntesis, la lista de cotejo fue una gran aliada en varios momentos. Dada la naturaleza tan particular de la asignatura, el ritmo de trabajo e incluso las personalidades de las chicas y chicos con los que me tocó trabajar, no pasó mucho tiempo para que fuera necesario recurrir a la lista de cotejo para poder evaluar algunas de las pequeñas entregas en las que se trabajó a lo largo del semestre.

De forma particular recuerdo una entrega en la que se les pidió a los estudiantes una presentación en la que debían ir desglosando el tema de códigos y sistemas simples. La dinámica fue realizar el trabajo utilizando algún caso de estudio para ir ejemplificando los conceptos y al final concluir argumentando si el caso de estudio presentado cumplía o no con los elementos de un sistema simple. El trabajo se realizó en dos equipos por equipo de trabajo. El día de las presentaciones hubo de todo. De proyectos totalmente desarticulados a estudios de caso desarrollados con bastante detalle. El asunto fue que dependiendo de cada asesor o asesora el contenido, e incluso la forma de presentar la entrega fue diferente. No hubo manera de tener criterios uniformes para hacer un juicio general. Para poder alcanzar cierta uniformidad al momento de evaluar los alcances del proyecto, precisamente se recurrió a una lista de cotejo con elementos muy generales que cada presentación debía contener. El plot twist aquí es que una clase antes tuve la idea de crear mi propia lista de cotejo para que los dos equipos que estaban trabajando conmigo entregaran trabajos con los mismos elementos y no hubiera conceptos que se perdieran si les dejaba totalmente a su suerte. Por supuesto que un equipo desarrolló de forma muy distinta su trabajo con respecto al otro y cada uno tuvo diversas áreas de mejora. A pesar de ello tener la lista de cotejo planeada desde antes ayudó a tener la actividad bajo control antes y después, le dio a las y los alumnos claridad respecto a lo que se esperaba que presentaran y nos dejó más tiempo para retroalimentación.


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